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DEBATE CON EL KIRCHNERISMO.Posibilismo o revolución

El kirchnerismo utiliza el latiguillo de las relaciones de fuerza para justificar el posibilismo y las capitulaciones ante las corporaciones que dicen querer enfrentar.

Facundo AguirreIG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Martes 2 de febrero | 23:30

El neoliberalismo surge de una derrota de la clase obrera. Desde entonces la función ideológica de la academia, la prensa y la política burguesa, es la de naturalizar la derrota y desterrar al proletariado como sujeto, reducirlo a mero consumidor, a clase en sí.

Para derrotar a la clase obrera en nuestro país, que venía de protagonizar un ascenso revolucionario que duro 7 años, fue necesario recurrir primero al terrorismo paraestatal de la Triple A, bajo los gobiernos de Juan Perón e Isabel Perón; y, por último, un golpe genocida.

La clase trabajadora en ese periodo de ascenso desplegó una energía y fuerzas extraordinarias, recurrió a multiplicidad de formas de lucha. Desde la semi-insurrección cordobesa de mayo de 1969, la unidad obrera y estudiantil, pasando por las huelgas salvajes y rebeliones anti-burocráticas contra el Pacto Social, hasta la huelga general política contra el gobierno peronista encabezado por Isabel Martínez de Perón y la puesta en pie de organizaciones embrionarias de doble poder fabril, como las coordinadoras interfabriles. Todo este recorrido es para señalar que la derrota de los trabajadores no tiene que ver con límites de la acción de las masas obreras, sino con el bloqueo impuesto por las direcciones políticas, fundamentalmente, el peronismo y la burocracia sindical y en otro plano, por su influencia sobre la vanguardia, por el guerrillerismo frentepopulista de Montoneros y la versión de “combate” de la misma lógica del PRT-ERP.
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Neoliberalismo, posibilismo y revolución

El pensamiento posibilista actual, que caracteriza al centro-izquierdismo, es consecuencia de la reacción ideológica producto de la derrota del movimiento obrero en los ‘70 y la caída del estalinismo en el ‘89 del siglo pasado. Esto se expresó en la producción intelectual y académica que desterró a la clase obrera era la única capaz de sintetizar las aspiraciones emancipatorias de los oprimidos y conducir una revolución. Para ejemplificar en nuestro país, los intelectuales que supieron militar en la guerrilla, se convirtieron en los escribas del alfonsinismo y la teoría de los dos demonios. Borrada la revolución del mapa, condenada la violencia de la lucha de clases, se erigió la democracia burguesa como un valor universal.

Como bien señala el pensador Maurizio Lazzarato a modo de balance contra los intelectuales foucaultianos de la escuela posmoderna: “Este ciclo de lucha y revolución encuentra su conclusión política en América Latina, con la intervención del imperialismo norteamericano y de sus economistas. Es un punto de inflexión del cual Foucault y sus seguidores evitan hablar. El pensamiento del 68 abandona el concepto de revolución justo cuando, en lo que se refiere a la historia de la humanidad, no hubo nunca tantas revoluciones como en el mismísimo siglo XX”. Es decir, se abandona la lucha de clases y el proyecto revolucionario, justo cuando los capitalistas logran su victoria. Y con ello se renuncia a pensar la resistencia y, más tarde, los nuevos ciclos de lucha, en términos de reconstrucción del sujeto y los programas revolucionarios.

Pero fundamentalmente, son las direcciones políticas y del movimiento obrero y popular, las que, apoyándose en la idea de que las posibilidades revolucionarias y de transformación de los trabajadores están liquidadas, nos quieren hacer pensar a la clase obrera en términos defensivos, fragmentarios, victimizantes, corporativos. A poner por encima lo que la divide, por sobre aquello que la une, la explotación de la fuerza de trabajo.

Pero incluso más, intentan esconder las nuevas relaciones establecidas entre capital y trabajo, diciendo que en realidad son el ascenso de una moderna clase media. Intentan ocultar tras un velo la pertenencia de millones a la fuerza de trabajo. Lo paradójico es que a partir de la pandemia les trabajadores demostramos que somos la fuerza que hace mover la sociedad. La llamada primera linea destaco a los trabajadores de la salud, los recolectores de residuos, los precarizados de las aplicaciones, los trabajadores del transporte y la industria.

Quedo demostrada además la extensión decisiva y masificada de los trabajadores del campo de la producción al de los servicios y la logística, que han ampliado enormemente su poder social. Nuevamente, si el mismo no se manifiesta es por razones políticas e ideológicas, por el peso muerto de sus direcciones.

Posibilismo y malmenorismo

El posibilismo niega que la lucha de clases sea un medio para cambiar las relaciones de fuerza. Desterrada la clase trabajadora como sujeto trasformador y la revolución como medio para derrotar al capitalismo, asumen como propia la agenda de la democracia burguesa que, en nuestro país, constituye la forma política del sometimiento nacional al régimen del FMI. Entonces, el posibilismo se limita a invitar a los trabajadores a constituir un campo común con algún sector patronal, que representaría una posibilidad de progreso lineal, o, en el marco de la actual crisis, de atenuar el impacto de la misma. El capitalismo humanitario que predica Alberto Fernández, se erige como malmenorismo.

El problema es que este pensamiento aplicado a analizar los conflictos sociales, coloca a sus protagonistas en lugares defensivos y en términos victimizantes. El llamado a “empoderarse” de los movimientos sociales y democráticos, es una política de encuadre dentro de las fronteras fijadas por este supuesto campo patronal.

Potencialidad insurgente

Si en el origen del capitalismo actual hay una contrarrevolución, en el momento de una crisis histórica del capitalismo forjado a partir de esa derrota proletaria, estamos necesitados de pensar y plantear una revolución. Lo que implica romper con el posibilismo y el malmenorismo. Dejar de pensar en términos de conflictos a ser subsumidos por alguna fracción patronal y proyectar la lucha de clases como potencialidad insurgente.

Las condiciones para reconstruir la estrategia política de la organización de una fuerza revolucionaria de la clase obrera, las mujeres, la juventud y las disidencias se plantean desde las luchas de clases que de manera abierta o embrionaria recorren gran parte del mundo desde fines de 2019 y a lo largo del 2020. En la rebelión popular chilena, en el levantamiento ecuatoriano, en la resistencia al golpe boliviano, en la rebelión afroamericana y juvenil en el corazón del imperialismo contra el racismo y las fuerzas represivas, entre otras.

Necesitamos de otra clave de lectura de las luchas obreras y sociales, de reconocer en los elementos de autoorganización y ruptura del posibilismo, las capacidades para articular una política que recomponga la unidad de los trabajadores y se plantee la recuperación de sus organizaciones para la lucha de clases. ¿Por qué no ver en los comités de resguardo en Chile o en la batalla de Senkata en Bolivia, los elementos para pensar la auto-organización y el combate por las posiciones estratégicas del proletariado, en los combates por venir?

Pero incluso en nuestro país, en la lucha por el techo en Guernica, con su asamblea y la comisión de mujeres a la cabeza, o en los intentos de organización de la juventud precarizada, pensarlo como elementos de recomposición, de emergencia de luchas que anticipan las potencialidades subversivas.

La insurgencia es una perspectiva cierta, no pensarla, significa renunciar a dirigirla.

Aquí hace falta una decisión, la de aquellos llamados al combate a llevarlo hasta el final y la de los estudiantes e intelectuales a abandonar el amparo del título y la academia, para forjar en la praxis con los trabajadores, una inteligencia colectiva, que eleve las luchas al plano teórico y de la estrategia política, que recupere las lecciones de la experiencia histórica para intervenir en las luchas presentes y por venir. A unirse a la tarea de construir el partido de la revolución.




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